Cartel de la película "Meseta"

Pequeñas historias de la “Meseta”

Juan Palacios homenajea al medio rural y denuncia el abandono que sufren los pueblos en su película “Meseta”

La meseta desde las alturas se convierte en una explanada en la que se distinguen toda clase de formas geométricas. En algún lugar de ese territorio un pastor, que conduce un rebaño de ovejas, alza la vista mirando a las alturas. Ese cielo que el hombre observa será muy importante a lo largo de toda la película. Y es que para Juan Palacios, el director, si hay algo que le atrae de la meseta son sus cielos. Los define como “enormes, parece que se te caen encima, como si tuvieran más peso, son incomparables con los de las ciudades”. Y no es sólo el tamaño, también el color: “Cuando no hay nubes son de un azul intensísimo y generan un gran contraste con la tierra ocre y rojiza”, dice, porque desde niño le han llamado la atención.

Escena de la película "Meseta" en la que un pastor observa el cielo
Escena de la película “Meseta”

Juan Palacios es de Eibar, localidad industrial del País Vasco, pero su madre se crió en un pequeño pueblo de Zamora, Sitrama de Tera, por lo que ha pasado allí todos los veranos de su infancia y su juventud: “Mis padres me llevaban en julio y me recogían en septiembre, todos los veranos, así que he pasado un cuarto de mi vida allí”.

Choque de realidad

Los veranos en su pueblo son “una especie de oasis, un espejismo”, se llena de niños y de vida, lo que a Juan Palacios le había impedido ser consciente de la cruda realidad del medio rural. Hasta que un otoño fue a visitar a sus abuelos y se dio cuenta de la problemática: “Todos los veraneantes ya no estaban y ya no había niños, todos eran de las ciudades”. Al ver aquella situación se preguntó cuál era el futuro que le esperaba a esos lugares y decidió grabar un largometraje sobre el tema.

Este choque de realidad con el que se topó Juan Palacios se produjo en 2015, por lo que coincidió con los primeros movimientos que intentaban visibilizar el abandono que sufren los pueblos. Además, a todo ello se le dio un nombre: la España vacía. Comenzó a ser un tema recurrente en literatura y medios de comunicación, por lo que el director de “Meseta” acudió a ellos para documentarse. Leyó “Vidas a la intemperie”, de Marc Badal; “Los últimos”, de Paco Cerdá; también “La lluvia amarilla”, de Julio Llamazares; “Castilla”, de Azorín; y, por supuesto, “La España vacía”, de Sergio del Molino. Estas obras, de alguna forma, le fueron marcando el camino, le “fueron definiendo el terreno a nivel conceptual”.

“Al final el pueblo es un microcosmos, lo que sucede en uno sirve de ejemplo para todos los pueblos del interior de España”

Así, se dio cuenta de que la problemática de Sitrama de Tera no era un caso aislado: “Al final el pueblo es un microcosmos, lo que sucede en uno sirve de ejemplo para todos los pueblos del interior de España”. Y comenzó a buscar historias para documentarse de una manera “más práctica y tangible”. Como el testimonio de algún niño que fuese el único de su pueblo, “lo que es para él experimentar el drama de la España despoblada”. Para ello, fue llamando a diferentes escuelas.

De esa manera Juan Palacios fue dando forma a “Meseta”, en la que no quiso idealizar la vida en el medio rural. Quería homenajear a esa España despoblada, pero también servir de denuncia del abandono. No quería mandar un mensaje concreto, pero sí que se hablara sobre ello, ser un catalizador del tema: “Ese drama está ahí y yo me acerco a él con mi forma de hacer cine, el largometraje sirve como terreno fértil para tratar el tema desde una posición que no romantiza el campo”. El director quería mostrar el mundo rural “con sus barros y con sus edenes, con sus contrastes; con su luz y con su oscuridad”.

Brecha entre el pueblo y la ciudad

Ese mundo ya es conocido por sus propios habitantes, por lo que para ellos era el homenaje. Pero entre los ciudadanos de los núcleos rurales Juan Palacios buscaba una reflexión: “Que piensen en la brecha que existe entre la mentalidad de las ciudades y del campo”. Y es que “la distancia entre estos dos lugares, además de física, es mental”.

El pasado 24 de octubre se proyectó la película en Eibar, por lo que ha podido conocer, a través de sus amigos, si ha conseguido llegar al público de la forma que quería: “Mucha gente de aquí la meseta apenas la pisa, cuando salen del País Vasco es para ir a otras grandes ciudades, y me han dicho mis amigos que “Meseta” ha servido para acercarles a un lugar al que nunca han ido”. Para el director eso “es una pena”, ya que a él es un lugar que le inspira y cree “que le pasaría lo mismo a otra gente si le dieran una oportunidad”.

“Llegamos muy tarde. La cultura campesina y todo lo que había en el campo ha quedado desmantelado, a nivel social y de infraestructuras”

Y eso es lo que necesitan los pueblos, una oportunidad, acabar con las desigualdades que impiden que puedan repoblarse. Juan Palacios se ha ido dando cuenta del drama y del momento en el que nos encontramos: “Llegamos muy tarde”. Ha podido observar de primera mano como “la cultura campesina y todo lo que había en el campo ha quedado desmantelado, a nivel social y de infraestructuras”.

A pesar de todo ello es optimista: “Al final son decisiones políticas y todavía se puede revertir”. Confía además en que la pandemia haya removido conciencias: “Ha sido un momento disruptivo, la gente se ha dado cuenta de las cosas importantes en sus vidas, mis amigos durante la cuarentena han empezado a cultivar, a hacer yogur, a hacer pan…”. Y es que son esas cosas sencillas que la tierra ofrece las que se han visibilizado más: “Es un momento de reconexión con la tierra por parte de la gente de ciudad”.

Puede que la oportunidad que necesitan los pueblos sea la situación que nos ha tocado vivir. Y películas como “Meseta” pueden ser un impulso para nuevos pobladores. La melancolía de la cultura campesina en peligro de extinción, la soledad, las casas vacías; junto con el humor, las historias locales, los sonidos y los colores del campo se entrelazan para trasladar a los espectadores a la España despoblada y a un mundo que algún día fue vida.  

Rodrigo Campos

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